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Confitería Saint Moritz, 60 años de trayectoria que resisten el paso de los años

Voy a dejar los últimos años de mi vida en la Selección”, les dijo Menotti a sus amigos en la confitería Saint Moritz.

La presencia de Jorge Luis Borges en la confitería Saint Moritz.

En la confitería Saint Moritz, a pasos de Florida, los antiguos manteles con el nombre del café bordado a mano resisten todas las remodelaciones.

En Buenos Aires, la confitería Saint Moritz abrió sus puertas en el año 1959.

Sergio Emilio Pérez, el histórico mozo de la Confitería Saint Moritz ya se jubilò como otros tantos.

Saint Moritz, ¡con la mejor cartelería de todas!

Un clásico tradicional imperdible es la confitería Saint Moritz, en el barrio de Retiro. Conserva el espíritu original del Buenos Aires glorioso de los años ‘50 y ‘60.

La Confitería Saint Moritz, en Paraguay y Esmeralda, “con sus sillas de cuero rojo pasión”.

Una de las 74 imágenes de cafés notables de la Ciudad: Confitería Saint Moritz.

“En la cuadra adyacente al Saint Moritz hay una playa de estacionamiento, no hay edificios altos y a partir del mediodía entra la luz generosamente a través de los ventanales”.

Iba Borges y se sentaba junto a la ventana que da sobre Paraguay. "Ahora, la leyenda viva que viene todos los días es César Luis Menotti", cuenta su nuevo dueño, Gabiel Damiano.

La confitería Saint Moritz abrió sus puertas en el año 1959. En poco tiempo se ganó la adhesión de una importante clientela. El acceso por Esmeralda era el utilizado para la venta al público. Masas, pan dulce y sandwiches de miga eran algunas de sus especialidades.

Este servicio se brindó hasta 1986.

En los años ’60 y ’70 esta confitería era la elegida para tomar el té luego de la recorrida por las numerosas galerías de arte de la zona. Las mesas de Saint Moritz escucharon, entre otros, los diálogos de doña Leonor Acevedo y su hijo, el escritor Jorge Luis Borges, vecinos del local.

Clarín tuvo una charla con el nuevo encargado de la Confitería, Gabriel Damiano:

¿Es verdad que los bares notables no pagan ingresos brutos?

-Pagamos. No hay beneficio económico alguno. La ventaja de ser notable es que se puede utilizar para algunas expresiones culturales.

-¿El gobierno de la Ciudad les manda shows gratuitos?

-No. Ahora vamos a hacer una muestra de los cuadros de Carlos Pfeiffer, ¿lo conoces?

-¿Se puede ir vestido normal a un bar notable?

-Hoy por hoy se mezclan los públicos. Días de semana al mediodía, abogados, escribanos, contadores, comerciantes y algún turista. A la tardecita, público de hoteles, brasileños y chilenos, todos con bermudas.

Damiano suena todo lo pragmático que se pueda: “Agarramos la confitería y la renovamos para mantenerla antigua”. ¡Hermoso oxímoron! “Incluso hasta parece más vieja aún. Se la compramos a los Fernández hace menos de un año. Los Fernández eran los dueños originales”.

-¿Su condición de “notable” lo encarece?

-Estaba muy venido abajo. No está bien que lo diga, pero iba a cerrar. No se mantenía. Y nosotros vinimos como para darle vida. Con respecto de tu pregunta, el capital simbólico cuesta, suma. Igual, hay que remontar su historia. El nombre solo no te asegura nada. Quedan los recuerdos, la memoria, pero con la nostalgia no se paga la luz. La gente pasa y dice: “¡No me lo toquen! “¡No lo arruinen!”, “Yo venía acá con mi mujer en 1966…” OK, todo bien, señor, ¿pero hace cuánto que no se toma un cafecito…? Este fue un bar de moda en los años ‘60 y ahora la ciudad cambió: no se va más al cine en Lavalle, no se cena a las dos de la mañana, los pibes piden comida con aplicaciones… Lamentablemente no se puede vivir de los recuerdos. Cuidamos la manera del bar, pero retapizamos las sillas y el emblemático cartel está iluminado…

-¿Y los manteles con el nombre Saint Moritz?

-Los ponemos sólo a la hora de comer.

-¿Aquellos manteles con el nombre bordado?

-No, no, esos manteles hubo que renovarlos. Serían muy pintorescos pero no daban más, estaban todos rotos.

¿En qué mesa se sentaba Borges?

-Pusimos fotos de Borges, sí, pero tenemos una verdadera leyenda viviente que viene todos los días: César Luis Menotti, que tiene reservada la mesa número diez. Viene con Carmelo, el kiosquero de diarios, y el Tano, un carpintero de la zona. Ellos son sus amigos. ¿La mesa de Borges? Borges se sentaba junto a a la ventana que da sobre Paraguay.

-¿En qué mes de 1959 abrió la confitería?

-En abril del ‘59.

-¿Tenés combos?

-¿Promociones? Sí, al mediodía hacemos peceto al horno, pollo, brótola y las medialunas caseras que son famosas. Cuando abrió la confitería, en 1959, aquí solamente había sánguches de pavita y la variedad de masas para comer a a la hora del té. A la noche se podía comer nada más que un sánguche o picadas y se consumía mucho whisky. El tomador de whisky de las siete de la tarde era un clásico. Nos quedó un cliente de 92 años, Santillán, que se pide un Negroni todos los santos días.

 

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